Renuncia Claudia Arlett Espino a la Secretaría Ejecutiva del INE
MÉRIDA, Yuc., 9 de septiembre de 2026.- La importación de gas natural no es un fenómeno nuevo. México ha desarrollado durante años una fuerte integración energética con Estados Unidos, particularmente con Texas, de donde proviene buena parte del gas utilizado por el país.
La propia presidenta Claudia Sheinbaum ha señalado que México consume alrededor de 9 mil millones de pies cúbicos diarios de gas natural, de los cuales aproximadamente 2 mil 300 millones corresponden a producción de Pemex y unos 6 mil 800 millones son importados. Al mismo tiempo, su administración ha planteado incrementar la producción nacional y alcanzar más de 5 mil millones de pies cúbicos diarios durante el sexenio.
Aquí aparece una de las principales discusiones de la política energética mexicana:
¿Cómo garantizar el gas que necesita la economía sin mantener una dependencia excesiva del exterior?
La respuesta no consiste únicamente en producir más.
La soberanía energética implica contar con producción, infraestructura de transporte, almacenamiento, redes de distribución, capacidad de generación eléctrica y tecnología suficientes para responder a las necesidades del país.
En otras palabras, no basta con tener recursos bajo tierra. Es necesario desarrollar las capacidades que permitan convertir esos recursos en energía disponible para hogares, industrias, comercios y servicios.
Una demanda que seguirá creciendo
El récord de importaciones registrado este año también debe analizarse dentro de una tendencia más amplia.
La generación eléctrica está demandando cada vez mayores volúmenes de gas natural. Al mismo tiempo, aparecen nuevos consumidores de electricidad.
Los centros de datos y la inteligencia artificial requieren grandes cantidades de energía. La electromovilidad puede incrementar el consumo eléctrico. La industria necesita electricidad confiable para ampliar su capacidad productiva y nuevas inversiones requieren disponibilidad energética antes de instalarse.
La demanda, por tanto, no está desapareciendo.
Está cambiando de escala.
El gas natural tiene un papel relevante en este proceso porque las centrales de ciclo combinado pueden generar electricidad de manera flexible y complementar la expansión de fuentes renovables variables como la solar y la eólica. Eso no significa que el gas natural deba convertirse en la única respuesta.
Por el contrario, la transición energética requiere una combinación de tecnologías: renovables, redes eléctricas modernas, almacenamiento, eficiencia energética y combustibles capaces de respaldar al sistema mientras se transforma.
La infraestructura es parte de la soberanía
Esta realidad ayuda a entender por qué el Gobierno de México está impulsando una expansión importante de la infraestructura de gas natural.
El plan nacional de gasoductos contempla inversiones por alrededor de 141 mil millones de pesos hacia 2030, destinadas a ampliar y modernizar la red, atender nuevas centrales eléctricas e impulsar los Polos de Desarrollo para el Bienestar.
La estrategia incluye proyectos como Cuxtal II y Centauro del Norte, entre otros, que buscan incrementar la capacidad de transporte y mejorar la seguridad del suministro.
La lógica es sencilla: si México va a necesitar más gas natural, también necesita más infraestructura para transportarlo, almacenarlo y utilizarlo de manera eficiente. Y esa infraestructura tiene una dimensión económica.
Un gasoducto no solamente transporta combustible. Puede convertirse en una plataforma para atraer industrias, desarrollar nuevos proyectos productivos y mejorar las condiciones de competitividad de una región.
El reto particular de Quintana Roo
En este escenario, Quintana Roo representa uno de los casos más interesantes del país. La entidad tiene una economía altamente vinculada al turismo, pero al mismo tiempo enfrenta un crecimiento poblacional y urbano que incrementa la demanda de electricidad.
El Programa Estatal de Acción ante el Cambio Climático 2025-2035 identifica precisamente un desequilibrio entre el consumo eléctrico y la capacidad instalada y generación local. El documento señala que Quintana Roo cuenta con centrales de turbogás en Cancún y Chankanaab, además de otras instalaciones, pero también advierte que la escasez de gas natural y la falta de infraestructura de gasoductos han obligado históricamente a recurrir a combustibles como diésel y combustóleo para la generación eléctrica.
Por eso, la discusión sobre gas natural no es una cuestión abstracta para Quintana Roo. Está directamente relacionada con una pregunta fundamental: ¿Cómo garantizar la energía que necesita un estado que continúa creciendo?
El sur de Quintana Roo: energía para una nueva etapa de desarrollo
La respuesta también pasa por el sur del estado. Chetumal y Othón P. Blanco están buscando consolidar una nueva etapa económica vinculada a la industria, el comercio, la logística y los Polos de Desarrollo para el Bienestar.
El proyecto PODECOBI de Chetumal contempla infraestructura estratégica que incluye una capacidad eléctrica estimada de hasta 21.5 MW y disponibilidad de gas natural comprimido para atender operaciones industriales. Su ubicación también ofrece ventajas logísticas por su cercanía con el aeropuerto, el puerto y la frontera con Belice.
Esto permite visualizar algo importante: la energía puede convertirse en una condición para diversificar la economía del sur de Quintana Roo.
Una región no puede atraer nuevas industrias, centros logísticos o proyectos de mayor valor agregado si no cuenta con electricidad suficiente, confiable y competitiva. Por eso la infraestructura energética debe entenderse como parte de la infraestructura productiva.
Mayakán y la conexión energética de la Península
Otro avance relevante es la gestión para incorporar a Quintana Roo al proyecto del Gasoducto Energía Mayakán.
El proyecto busca duplicar la capacidad de transporte de gas natural hacia la península de Yucatán y abastecer las plantas de ciclo combinado que la CFE desarrolla en la región. La incorporación de Quintana Roo ha sido planteada como una prioridad para garantizar el suministro energético necesario para el crecimiento de la entidad.
La relevancia es mayor si se considera que la península constituye un sistema energético con características particulares y que cualquier ampliación de capacidad de generación requiere también asegurar el combustible y la infraestructura necesarios para sostenerla.
En este sentido, conectar al sur de Quintana Roo con una infraestructura energética más robusta puede cambiar las posibilidades de desarrollo de la región.
No sólo es producir gas: también es aprovecharlo mejor
La soberanía energética, sin embargo, también implica eficiencia.
México enfrenta una paradoja: mientras importa grandes cantidades de gas natural, Pemex ha registrado volúmenes importantes de gas enviado a la atmósfera. Datos difundidos en agosto señalan que durante el segundo trimestre de 2026 el promedio alcanzó 778 millones de pies cúbicos diarios, casi el doble del mismo periodo del año anterior.
Esto demuestra que la discusión debe ser más amplia.
No se trata solamente de extraer más gas.
Se trata de producirlo, capturarlo, procesarlo, transportarlo y utilizarlo eficientemente, reduciendo pérdidas y emisiones en toda la cadena. Ahí existe una oportunidad tecnológica y económica importante para México.
Soberanía energética no significa aislarse
Existe una idea equivocada de que alcanzar soberanía energética significa dejar de importar absolutamente todos los energéticos.
En realidad, la soberanía energética puede entenderse como la capacidad de un país para tomar decisiones sobre su futuro energético sin quedar excesivamente expuesto a interrupciones, precios o decisiones externas.
Eso implica diversificar proveedores, fortalecer la producción nacional pública y privada, desarrollar infraestructura, incrementar el almacenamiento, modernizar las redes eléctricas y desarrollar nuevas tecnologías. También implica reconocer que ninguna fuente resolverá por sí sola todos los desafíos.
El gas natural puede aportar respaldo y flexibilidad durante la transición. Las energías renovables deben continuar creciendo. El almacenamiento será cada vez más importante. El hidrógeno verde, el biometano y otros combustibles de bajas emisiones pueden abrir nuevas oportunidades para sectores difíciles de electrificar.
La soberanía energética del futuro será necesariamente diversificada.
Quintana Roo ante una oportunidad estratégica
Para Quintana Roo, el debate adquiere una dimensión todavía mayor.
La modernización de la red eléctrica, las nuevas subestaciones y ampliaciones de capacidad en municipios como Othón P. Blanco, Benito Juárez, Playa del Carmen y Cozumel forman parte de las acciones que actualmente se coordinan con la CFE para acompañar el crecimiento económico, turístico y poblacional de la entidad.
En paralelo, el desarrollo de infraestructura de gas natural puede contribuir a ampliar las opciones para la generación eléctrica y para nuevos proyectos industriales.
En el sur, particularmente, esto puede ser determinante para que Chetumal deje de depender únicamente de actividades tradicionales y pueda aprovechar su posición estratégica frente al Caribe y Centroamérica.
El reto consiste en hacerlo con planeación, inversión, tecnología y responsabilidad ambiental.
El récord también es una señal
Los 8 mil 300 millones de pies cúbicos diarios de importaciones registrados en junio no deben verse únicamente como una cifra récord. Son una señal de la dimensión que está adquiriendo la demanda energética mexicana.
Más electricidad significa más gas natural mientras continúe siendo un componente importante de la generación. Más industria significa mayor demanda. Más centros de datos, electromovilidad y digitalización significan nuevas necesidades.
La pregunta que México debe responder no es si utilizará gas natural en los próximos años. La realidad indica que seguirá siendo necesario durante la transición.
La verdadera pregunta es: ¿cómo garantizar ese suministro con mayor seguridad, menor dependencia externa, infraestructura suficiente, eficiencia y una estrategia de largo plazo que también acelere la incorporación de fuentes de menor carbono?
Ahí es donde la soberanía energética deja de ser un concepto político y se convierte en una tarea de infraestructura, tecnología, inversión y planeación.
Y para Quintana Roo, especialmente para el sur del estado, esa tarea puede representar algo más que seguridad energética:
puede ser una de las bases para construir la siguiente etapa de desarrollo económico de la entidad.




