El listón amarillo
Si en el Ayuntamiento de Mérida querían que se hablara de lo que hicieron en los accesos a X'matkuil, terminaron consiguiendo que se hablara del lugar que Cecilia Patrón no tuvo en el templete. Joaquín Díaz Mena inauguró la feria y la alcaldesa quedó fuera de la ceremonia. La inconformidad municipal convirtió esa ausencia en noticia. Y le dio al gobernador, de paso, la oportunidad de marcar una distancia política que en el PAN todavía incomoda.
¿Por qué dejar fuera a Cecilia? La decisión admite una lectura política. Xmatkuil es una feria estatal y su inauguración era uno de los actos de mayor visibilidad del gobernador en la capital. Compartir ese escenario con una alcaldesa que ha dejado abierta la posibilidad de reelegirse habría puesto a los dos en una misma fotografía, cada uno con razones distintas para aprovecharla. Joaquín tenía pocos incentivos para hacerlo. Quería ejercer en Mérida la autoridad que ganó en Yucatán y podía hacerlo desde un acto de su propio gobierno.
Había también una razón de oportunidad. El panismo meridano suele presentar a la alcaldesa como su figura más competitiva. Cada aparición institucional de alto perfil la ayuda a ocupar ese lugar. Desde esa perspectiva, el gobernador podía coordinar con el municipio lo necesario para que la feria funcionara y reservar la ceremonia para su gobierno. Esa lectura explica la decisión política. Las razones que se discutieron en privado siguen siendo asunto de quienes tomaron la decisión.
El primer error de Cecilia fue dejar que la discusión girara alrededor de la invitación. Si la molestia tenía que ver con la coordinación, ahí estaban las preguntas que valía la pena plantear. ¿Qué se acordó para el tránsito en los accesos? ¿Quién se hizo cargo del alumbrado y de los cruces peatonales? ¿Qué podía exigir cada autoridad a la otra para que las familias llegaran y salieran con seguridad? Al poner el foco en la ausencia de Cecilia, el Ayuntamiento relegó el terreno donde tenía más elementos para defender su actuación.
El segundo error fue darle a un recorrido con cámaras el peso de una respuesta política. Una visita a los accesos puede servir para detectar problemas y corregirlos. Su valor público se mide en lo que ocurre después, cuando llegan miles de personas y se pone a prueba la operación. Si el municipio tiene resultados que mostrar, le conviene que la conversación empiece ahí. En cuanto la queja se vuelve personal, la agenda municipal queda a merced de una decisión que tomó el gobernador.
Y luego está el PAN. La división del panismo meridano tiene una expresión concreta en el debate rumbo a 2027. Una cosa es cerrar filas con la alcaldesa ante un agravio percibido y otra comprometerse desde ahora con su eventual reelección. Entre ambas decisiones están los espacios del partido, el lugar de sus distintos grupos y la pregunta de quién conducirá al panismo en la capital. Una defensa pública de Cecilia puede reunirlos por una tarde. Resolver quién decide y quién cede exige bastante más.
Al PAN le conviene preguntarse por qué una invitación del gobierno estatal terminó teniendo tanta importancia para su propia discusión. Si su fortaleza en Mérida depende de la relación con los vecinos, del trabajo de sus regidores y de los resultados del Ayuntamiento, ahí debería concentrar su defensa. Y si la reelección de Cecilia es la mejor carta del partido, sus propios compañeros tendrán que sostenerla con argumentos de gobierno, incluso cuando les toque discutir entre ellos.
Joaquín tuvo razones para reservarse el templete. Cecilia tiene razones para exigir una coordinación seria entre el estado y el municipio. En 2027, a ella le tocará defender lo que hizo con el poder que ya tiene. Al PAN le tocará decidir si puede acompañarla sin convertir esa candidatura en otro pleito interno. Ninguna de esas dos tareas se resuelve con una invitación a Xmatkuil.




